Tenía cinco años cuando ví por primera vez pasar la Vuelta a España desde la ventana de casa de mi abuela Nomna en la calle del Prado de Vitoria. Me marcó mucho. Desde entonces he procurado no perderme nunca ese espectáculo multicolor de deportistas esforzándose al límite.
Durante aquellos años, los últimos cincuenta y casi todos los sesenta del siglo pasado, la Vuelta la organizaba el Correo, de Bilbao y siempre había varias etapas que recorrían el País Vasco. Yo intentaba que mi padre me llevara a verlas todas, o al menos más de una al año. Ver pasar a los ciclistas, animarles, era para mí una de las mayores satifacciones que vivía cada año.

Disfrutaba con las crónicas que Gerardo Olazábal y Alejandro de la Sota publicaban en ese Correo que, como organizador, dedicaba mucha atención a la prueba (y al Giro, al Tour o cualquier otra manifestación de un deporte que siempre ha tenido una gran implantación en mi tierra). También seguía las transmisiones de Juan Martín Navas en Radiocadena, escuchaba el Tour en Radio París y siempre he visto en televisión todo el ciclismo que he podido.
Durante mi adolescencia Vitoria era la sede del Kas, el conjunto que, un año tras otro, ganaba la clasificación por equipos del Tour.
Bahamontes, Ocaña, Indurain, Perico, Sastre, Contador, Valverde,…pero también Vélez, Galdos, Beloki o ahora Landa, los ídolos locales, han formado, y forman, parte de mi particular Olimpo.
Pero nunca he sido un buen ciclista. De hecho suelo decir que soy una prueba para refutar eso que se suele decir: que andar en bici nunca se olvida. Yo tuve que reaprender cuando empezamos a ir a La Ribera. En la casa de la playa siempre hemos tenido bicis; ahora hay cuatro y casi sólo las uso yo y, desgraciadamente, cada vez menos. Y las cuido poco: cada vez que voy por allí se las llevo a Cosme, el dueño del taller local, para que les dé un repaso.

Ni soy un buen ciclista ni un experto, aunque supongo que alguna vez he escrito, en el blog o en Twitter, sobre ciclismo.
Por eso me extrañó que en el mes de noviembre me llegaran unos mensajes, de un tal Capitán Swing, a través de Twitter:

