Mayo fue un mes de mucha lectura, pero de pocos libros terminados. La culpa, o mejor el mérito, fue de Los Miserables la inmensa novela de Víctor Hugo que ya había empezado en abril y que acabó llenando algo más de un mes de mi vida lectora. Casi 1600 páginas de lectura apasionante, un homenaje desde el siglo XIX francés a la gran literatura de todos los tiempos.
Leer Los Miserables es toda una aventura. Es sumergirse en un relato complejo, una dura historia de amor y de venganzas, Jean Valjean, el protagonista, es un ex presidiario (fue condenado cuando, muy joven, robó un trozo de pan para alimentar a sus hambrientos hermanos). Cuando huye de la cárcel y consigue rehacer con éxito su vida, Javert, el policía que busca el cumplimiento estricto de las leyes, le impide reintegrarse en la sociedad de una manera normal.

Los Miserables es la historia de esa persecución, pero también es mucho más, es un paseo por las calles, incluso por el alcantarillado, del París del siglo XIX: las costumbres, las leyes, las revoluciones, con detalles siempre sorprendentes,…en un continuo que mantiene siempre el interés.
Una maravillosa novela romántica; un monumento literario que exige cierto esfuerzo, un esfuerzo de lectura que me encantó hacer.

No suelo leer mucha poesía, aunque sí escucho algún podcast interesante. Pero, también en mayo, terminé de releer Desde la ciudad de los miradores (la ciudad es Vitoria, donde yo nací) del poeta vitoriano Jesús María Pérez García, «Atxalde«. Es un libro en el que la ciudad de Vitoria, el paso del tiempo y los sentimientos personales del autor comparten su protagonismo.
Después de un libro tan largo como Los Miserables, nada mejor que una pequeña joya de pocas páginas como En agosto nos vemos, el breve cuento de publicación póstuma de Gabriel García Márquez.
El libro es una pequeña joya, un cuento entrañable del gran autor colombiano. Lo cogí con dudas porque, se decía, el autor no había quedado satisfecho ni autorizado la publicación y sólo la avaricia de los herederos les había llevado a traicionar ese deseo. Me ha encantado. Creo que se les puede perdonar a los herederos no haber respetado los deseos del escritor (si es que todo fue así).

Es un libro breve, un relato de poco más de cien páginas, que se puede leer de una sentada, pero también es un destilado de lo mejor de un gran autor como es el premio Nobel colombiano.
Una mujer, el mes de agosto y una pequeña isla colombiana son los protagonistas del entrañable relato.
Cuando fui a anotarlo en el cuaderno en el que registro mis lecturas desde hace más de medio siglo, vi que hacía veinte años que no leía nada de Gabo. A lo largo de mi vida he leído dieciséis de sus libros, e incluso he repetido alguno.
Desde mi punto de vista es un libro muy recomendable.

El último libro que terminé en mayo fue El niño, de Fernando Aramburu.
Llevo muchos años leyendo a Aramburu, desde la época de Los peces de la amargura y los otros libros de relatos. Luego vino el boom de Patria, que hizo crecer su popularidad y que también me gustó.
En cambio Los vencejos, lo último que había leído suyo me pareció excesivamente largo y premioso.
En El niño Aramburu recupera, en mi opinión, el pulso narrativo.
Parte de un suceso real, la tragedia del pueblo vizcaíno de Ortuella en los años ochenta: Una explosión de gas en un colegio segó la vida de muchos niños.
Con esos mimbres, y utilizando como personajes al abuelo y la madre de una de las víctimas, el autor construye una historia profundamente humana.
Corta, interesante, fácil de leer.
Me gustó.
Recibo por e.mail este comentario:
Hola, Eduardo. Soy el autor del poemario «Desde la ciudad de los miradores», libro que citas en tu artículo de El Vigía sobre «Los miserables» de Víctor Hugo. Quiero felicitarte por tu artículo. Creo que es muy acertado y aconsejable para leer, además de muy bien documentado. Muchas gracias por citarme. Únicamente que la foto distorsionada de la portada de mi libro es mía aunque en la nota aparece tu nombre. El artículo,magnífico.
Mi respuesta para Atxalde:
Hola José María: muchas gracias por tu comentario y tus elogios al artículo.
Respecto a lo que me comentas acerca de la foto, me has hecho caer en algo sobre lo que nunca había reflexionado.
Yo hago fotos de la portada de los libros que leo y, como no son muy buenas, confieso que soy el autor (de la fotografía hecha al libro). Pero se puede entender que me atribuyo la fotografía que ilustra la portada, cosa que nunca habría pretendido. Llevo publicados unos cuantos cientos de reseñas de libros y nunca había caído en el equívoco que estoy provocando (y que, francamente, no sé bien cómo resolver).