Poco a poco me voy acercando a la actualidad.
A ver si soy capaz de seguir publicando lecturas cada semana.
En septiembre terminé seis libros; tres de ellos de no ficción, de esos que voy entreverando con la lectura de ficciones.
Empezamos el mes en La Ribera, en la casa del Mar Menor, pero tuvimos que venir a mediados. La salud y las revisiones médicas me llamaban.
Como ya me ha ocurrido en algún otro de mis largos veranos actuales, calculé mal y me acabé quedando sin libros para leer. Y desde que cerraron la estupenda librería que había en el pueblo me siento un poco desamparado. Este año encontré algunos libros para comprar en el kiosko de prensa (que en realidad en un local, no un kiosko). La oferta no es muy amplia y casi toda son libros de bolsillo, con letra más pequeña de la que ahora puedo leer con satisfacción.

El primer libro que terminé fue La secta, de Camila Lackberg, escrita junto al mentalista Henrik Frexeus. Hacía tiempo que no leía novela negra nórdica, que hace unos años frecuenté bastante. Fue uno de los libros que compré en el pueblo. Camila Lackberg no me trae muy buenos recuerdos: la primera obra suya que compré lo hice en circunstancias complicadas, en el hospital el día en que, luego, me dijeron que tenía un desprendimiento de retina, así que la acabé leyendo meses después.
La secta es un libro entretenido, que se lee bien: una policía y un mentalista tienen que resolver un complejo caso de asesinatos de niños.
Mensajes encriptados, problemas lógicos y matemáticos que sólo puede resolver una mente superior, la del mentalista, y que para alguien normal son difíciles de entender, constituyen la clave de la novela. Todo eso junto a personajes que cambian su papel a lo largo de la obra.
Se deja leer y me vino bien para rellenar unos días. No es una obra maestra, ni siquiera dentro del género.

El laberinto de los extraviados, una obra del Amín Maalouf ensayista, la había llevado desde Madrid y la fui leyendo a lo largo de varias semanas. Es un análisis muy interesante de la evolución de las grandes potencias (China, Japón, Rusia y Estados Unidos), en busca de una explicación del mundo actual y de su futuro próximo. Habría que releerlo tras la segunda llegada de Trump al poder y el cambio de las alianzas que parece que se está produciendo. Seguramente se leerá de un modo diferente.
He leído ya unas cuantas obras de Maalouf, tanto ficciones como ensayos, y siempre me parece interesante. El punto de vista de un cristiano del Medio Oriente educado y que ha vivido una gran parte de su vida en Occidente siempre lo es.
También unos días después, todavía en la casa de la playa, terminé Doppleganger, de Naomi Klein, otro de los libros que fui leyendo poco a poco a lo largo del verano.

Llevo ya un cuarto de siglo leyendo a Naomi Klein, desde aquella No logo, todo un alegato contra la explotación infantil y el desplazamiento de la producción hacia países más baratos de Oriente. Fue una precursora que se adelantó a los desastres que ha acabado trayendo esa política. Aunque entonces yo estaba en el otro bando, el de la construcción de las marcas (que podría haber sido «Sí logo«), el libro me impresionó por su fuerza y la claridad de sus argumentos. Incluso pensé escribir algo al respecto, pero entonces vino el 11 S y cambió la perspectiva.
Muchos años después también me impactó La doctrina del shock, el análisis del «cuanto peor mejor» que lleva a grandes empresas mutinacionales a aprovecharse de la reconstrucción tras las grandes catástrofes (de guerra o naturales). Aquí sus argumentos me convencieron mucho más; parece que el mundo, el real, va por ese camino. El resort de Trump en Palestina puede ser un ejemplo muy actual, aunque hace una década ella hablaba de la guerra de Irak o del Katrina.
Doppleganger es otra cosa, pero también interesante, aunque las ideas ya no están expresadas tan claramente, porque acaba mezclando muchos temas: ¿Qué hacer si alguien que admiras y con quien te confunden, otra Naomi, Wolf en este caso, también activista, cambia totalmente de ideas? El concepto del doble, los conspiranoicos y su juego con la extrema derecha, el Covid, que potenció esos problemas, el autismo (ella tiene un hijo con ese problema)…
Aunque ella es una judía canadiense, no está de acuerdo con la política que Israel mantiene respecto a Palestina.
No es No logo ni La doctrina del shock, pero es interesante, sobre todo en algunas de sus partes, aunque en ocasiones resulta algo confuso.

Ya en los últimos días en La Ribera terminé La Rosa y las espinas, una conversación entre Alfonso Guerra y Manuel Lamarca que, al parecer, proviene de un documental sobre el mismo tema. Fue otro de los libros que compré en el pueblo. Me lo había recomendado un amigo y, aunque el personaje nunca estuvo entre mis preferidos, me encantó. Es un libro muy agradable de leer.
Recuerdos muy interesantes de la transición que forma una parte importante en la vida de mi generación. La visión de Alfonso Guerra sobre aquellos momentos clave y sobre la evolución posterior de la política española, todo sazonado por las aficiones de una persona muy culta, con gran conocimiento del teatro, la literatura o el cine.
Ya estaba en Madrid cuando terminé La rebelión de los buenos, de Roberto Santiago, otro de los libros que había comprado en La Ribera y que, seguramente, empecé allí.
Me sonaba Roberto Santiago, aunque no había leído nada suyo. Veo que se hizo famoso, y seguramente rico, con Futbolísimos, una saga de libros infantiles, de la que ya lleva publicados multitud de títulos, todos con grandes tiradas. Veo también que es director de cine.
La rebelión de los buenos es una novela negra en la que un juicio por divorcio se convierte en una cruenta pelea por las irregularidades de una multinacional farmacéutica. Embrollos jurídicos, asesinatos sorprendentes, amoríos cruzados… Un libro entretenido, sin pretensiones, para pasar un buen rato.

Terminé el mes con La mujer loca, de Juan José Millás, una novela que tiene ya algunos años y que andaba por casa.
Millás siempre me ha parecido un escritor muy irregular, con obras magníficas y otras que no lo son tanto. El Millás de los artículos me suele parecer brillante; algunas de sus novelas también.
No es el caso de La mujer loca, una novela en torno al lenguaje y el significado de las palabras, que en ocasiones toman vida y dialogan con la protagonista.. La protagonista dialoga también con Millás, el personaje, que a veces se confunde, y a veces no, con Millás el autor del libro. Una trama enrevesada, confusa y, en mi opinión, mal resuelta. No figurará entre mis favoritas.