Soy miembro de la Academia de la Publicidad desde sus inicios de la mano de Julián Bravo hace ya quince años. Incluso he formado parte de su Junta Directiva durante más de la mitad de esos años. Me gustaría que la Academia fuera la agrupación que nos reuniera a todos los que amamos la Publicidad y queremos devolverle una parte de lo que esa profesión nos ha dado. Viví con dolor el enfrentamiento entre dos grupos de amigos con ideas diferentes que estuvieron a punto de producir un cisma en un grupo que, desgraciadamente, aún era muy pequeño.
Parece que la nueva Junta Directiva, que preside Agustín Elbaile, viene con fuerzas renovadas. Inició la publicación de la Biblioteca de la Academia, está firmando acuerdos con universidades (especialmente con la Nebrija) y con asociaciones de otros países, se han puesto en marcha las becas Julián Bravo, ha aumentado su actividad en redes sociales y abre ahora un nuevo espacio de comunicación, La Voz de la Academia. Espero que todas estas iniciativas, y todas las que vengan después, consigan incrementar el número de sus miembros, que es el verdadero punto flaco.

En 2023 la Academia tomó una decisión en cierto modo sorprendente: elegir un solo Académico de Honor, Miguel Ángel Furones. Se corregía así un error de los años anteriores mientras se creaba un precedente, dejar sin nombrar a otras tres personas que, aunque no estuvieran a la altura de Furones podían representar otros aspectos de la Publicidad. Ese, el de reconocer a personas destacadas dentro de la profesión, es el papel fundamental de la institución según sus estatutos y su idea fundacional. Un papel que espero no se pierda de vista.
(*) Este artículo es la séptima parte del que escribí para el número de cambio de año de la revista IPMark