El pasado diciembre terminé de leer cuatro libros, todos ellos de narrativa.
He sido un lector contumaz de las obras de Arturo Pérez Reverte, siempre entretenidas y bien documentadas. Pero hacía tiempo que no leía ninguna de las nuevas entregas del Capitán Alatriste. Creo que terminé algo saturado del personaje. Puede que al propio autor le pasara algo parecido y por eso había dado al Capitán unos cuantos años de licencia mientras coqueteaba con otros personajes de épocas más modernas.

Cuando vi que en Misión en París no sólo estaban Alatriste y sus amigos sino que hacían un cameo Los tres Mosqueteros y nada menos que el propio Cardenal Richelieu, me decidí a comprarla y leerla.
Con la osadía que siempre le caracteriza, Pérez Reverte lleva a sus personajes a París, donde vivirán una aventura en la que el Cardenal Richelieu, la mayor autoridad en Francia en aquel momento, cobra un gran protagonismo, mientras que el joven Íñigo Balboa, el narrador, llega a enfrentarse al mismísimo D’Artagnan.
Reverte es, seguramente el mejor escritor de novelas de aventuras contemporáneo. Nunca ha ocultado su admiración por Dumas, Stevenson, Salgari y los grandes narradores del siglo XIX. Esta no es una de sus mejores novelas, pero es muy entretenida, nos lleva con maestría a nuestro Siglo de Oro y se lee muy bien.

Continué con Ya nadie habla de amor, una novela ya veterana del que fuera durante bastantes años mi vecino Ray Loriga.
Tras un desengaño amoroso, el protagonista se regocija en su fracaso y se enfrasca en mejorar las traducciones existentes de los poemas de Blake, mientras da vida a un alter ego imaginario, un jugador argentino de polo.
Se trata de una novela del año 2008, cuando el autor estaba dejando atrás al enfant terrible de las letras españolas, que fue en sus primeros años, y se encaminaba hacia la madurez que mostró unos años después con Rendición, una distopía muy interesante y muy actual.
Cuando compré Las damiselas y el escritor, de María Bengoa, lo hice sobre todo por el apellido de la autora, a la que no conocía, pero que coincidía con el segundo apellido de mi padre.

Que el escritor al que hace referencia el título fuera mi admirado Ramiro Pinilla, el autor de Verdes valles, colinas rojas, la extensa trilogía que muchos consideran la gran novela vasca de los últimos años, seguramente también influyó.
Y resultó que María Bengoa es una periodista vasca que, a raíz de una entrevista que fue a realizar al escritor entabló con él una relación que acabó en boda. María fue la pareja de Ramiro Pinilla a lo largo de sus quince últimos años de vida.
El libro es una mezcla de novela, auto-ficción, autobiografía y biografía de Ramiro Pinilla.
La autora utiliza una técnica curiosa: la viuda encarga a un joven periodista entrevistar a varias mujeres que en distintos momentos de la vida de Pinilla tuvieron algún tipo de relación con él, cuando la autora y el que luego sería su marido aún no se conocían.
El primer encuentro, aquella entrevista a partir de la cual surgió la relación se produjo cuando María tenía 37 años y el escritor 74.
Terminé el mes, y casi el año, con Relaciones misericordiosas, del reciente Premio Nobel Lazslo Kraznahorkai. El libro lleva como subtítulo Relatos morales; no sé si entendí muy bien la razón.

En los primeros comentarios que leí sobre el autor cuando se conoció su nombre como premiado, se decía que era difícil de leer. Por eso elegí comenzar con un libro de relatos, que además no es muy extenso.
Se trata de un libro breve: los ocho relatos que lo componen ocupan 140 páginas. Pero, como ya me habían advertido, es de una cierta complejidad; está escrito con párrafos largos que, en muchas ocasiones constituyen estructuras complicadas.
Siempre me gusta dar una oportunidad a los autores galardonados con el Nobel, aunque muchas veces no llegue a comprender el criterio de los jurados.
En este caso, me ha gustado, pese a su complejidad y, muy probablemente buscaré alguna otra de sus obras para conocerle mejor.